¿Cómo se forja un maltratador? Segunda parte.

Nos proponíamos analizar el camino seguido por X desde su nacimiento hasta el momento en el que golpea a M, de los cuales hablábamos en el artículo anterior para acercarnos al concepto de “maltrato”. Vamos allá.

Al nacer,   X empezó su proceso de socialización, es decir, el proceso mediante el cual fue aprendiendo todas aquellas cosas y actitudes que la sociedad esperaba de él y fue dibujando según un modelo pre establecido al que llamamos “estereotipo”.

Tras el minuto cero de su llegada al mundo, se le fue dejando claro cuáles eran sus obligaciones sociales a través de las palabras que se le refirieron y la forma de tratarlo, los juguetes regalados y la ropa utilizada. X aprendió una manera de estar en el mundo que se caracterizaba por la fortaleza. En cuanto entró en el colegio empezó su socialización secundaria, que también se basa en los mismos estereotipos que la primaria (la que se realiza en la familia) por tanto esa idea de fortaleza y de dominio del espacio público se reforzó. De esta manera X pudo ocupar siempre el centro del patio que es donde se sitúa, en la mayoría de los casos, el campo de fútbol en los colegios. Esa idea de fortaleza y agresividad como herramientas relacionales, transmitida tanto desde el lenguaje como en los juguetes regalados, relegó a un ultimísimo plano la expresión de los miedos y todo lo que tiene que ver, como lo emocional y efectivo produciéndose una gran castración psicológica. X aprendió unos privilegios que interpretó como derechos inherentes y, por tanto, los reclamó toda la vida.

Ya en la socialización terciaria, la que se lleva a cabo con el grupo de iguales, X se relacionó con aquellas personas que reconocía como iguales, es decir, otros niños que podían hablar el mismo lenguaje ya que habían sido socializados atendiendo los mismos parámetros. Otra vez, pues, se reforzaban unas ideas de cómo ser y relacionarse en detrimento de otras, de una importancia vital como son la empatía, la amabilidad, el amor, la comprensión y aceptación del miedo, etc. Estas emociones quedaron amputadas o, al menos, relegadas a la intimidad que no se comparte..

X, en la adolescencia, tuvo acceso a toda una serie de informaciones que llega a todo el mundo sin filtro, como son ciertos tipos de canciones, publicaciones, películas,,, que de nuevo reforzaban su masculinidad castrada de lo emocional y centrada en la fuerza y la depredación, en el derecho a…

Pirámide de la violencia de control de género

 

Una persona en la adolescencia carece de un pensamiento crítico si éste no ha sido promocionado desde la niñez, con lo que las informaciones externas que se convierten en una nueva fuente de socialización entran sin filtro, a bocajarro. Después en la vida adulta, el trabajo, los hobbies, todos los lugares visitados se convierten en agentes socializadores, pero no nos equivoquemos, cada persona irá buscando los ambientes en los que se puede significar mayoritariamente, así pues no es de extrañar que X se relacione con aquellos varones que posean a las mismas características de comportamiento que él, aquellas personas con las que se pueda entender. A estas alturas y si nadie lo remedia, ya podemos sospechar que el drama está servido: X ya es un “marichulo”.

Hemos visto como X no ha trabajado ni atendido a su inteligencia emocional, por lo que estará lleno de miedos y preguntas no contestadas, lleno de contradicciones e intentando ser un individuo adaptado, es decir, desarrollar todo lo que se le ha enseñado por tierra, aire y agua. En este sentido, las redes sociales pueden ser un campo de minas, pues X tiene las puertas abiertas a mil despropósitos ya que, hasta aquí, carece de un filtro crítico empático.

Llegan las relaciones afectivas y responderán a las “ frecuentes” que se convierten en casi normativas; a saber: las inclusivas (la vida de uno de los miembros de la pareja gira alrededor del otro miembro) o de fusión ( considerarse incompleta sin la otra persona. Mito de la media naranja o como dicen las canciones…” sin ti no soy nada”). Ya vemos, más drama.

Las relaciones interdependientes saludables, corresponsables, no aparecen por ningún lado, así que los baremos del amor serán los celos, el control, la potestad sobre el cuerpo de la otra persona, etc. Cada vez tenemos el terreno más preparado para la primera bofetada.

Violencia en el noviazgo. Violenciómetro

Desde estos parámetros podemos entender que las relaciones que se pueden establecer son poco saludables ya que los individuos han aprendido maneras relacionales distorsionadas y peligrosas.

Si a todo esto le sumamos que M fue socializada a partir de conceptos de sumisión, entrega cuidado de… la cosa se complica.

X entenderá que M debe soportar sus enojos, quejas, miedos. M entenderá que así es, que eso es el amor.  Y a partir de aquí…todo puede pasar. Y si en un momento M decide cambiar de tercio porque no se siente feliz con la vida reducida que le propone X (la que le permite controlarla y sentirse más seguro), el  drama subirá de tono y empezará el ciclo de la violencia hasta llegar a la agresión más o menos terrible.

Con todo, nos damos cuenta de que la violencia de género o la violencia machista o la violencia contra las mujeres tiene una base estructural: toda una vida de socialización en la cultura de la violencia parecen avalar unos comportamientos que son normalizados, pero que, no por frecuentes, son naturales.

Este hecho, no obstante, no exime a X de su responsabilidad ante el uso de la violencia, ya sea física, psicológica o sexual (verbal o de facto), pero no podemos ser hipócritas y cerrar los ojos ante el entorno que entre todas creamos y que favorece y aún refuerza en positivo las conductas y actitudes violentas y psicópatas. Por desgracia nos hemos acostumbrado a tener una tolerancia astronómicamente alta ante la violencia, de forma que no reconocemos la mayoría de las acciones violentas, la costumbre nos ha anestesiado.

Os propongo unos test sencillos para que comprobéis vuestra tolerancia ante la violencia. De todas formas si podéis cenar viendo las noticias y no os sienta mal la cena, ya podéis sospechar que la tolerancia que tenéis es muy alta.

Por una realidad libre de violencia

Maite Ojer Blasi. Fotografia de Jaume Aragay