Ser mujer. Ser hombre. Estereotipos.

Nos proponíamos, en el artículo anterior, cuestionarnos qué se supone que es ser mujer y qué se supone que es e implica ser hombre.

Para acercarnos a estas preguntas primero tenemos que diferenciar tres conceptos clave:

Sexo: seria un asunto puramente biológico en el que tendríamos que considerar tres aspectos básicos que son la genitalidad, la carga hormonal y la referencia cromosómica. La combinación de estos tres elementos fijaría el sexo de una persona. Tradicionalmente sólo hemos pensado de forma binaria: hembra o macho pero a nadie se le escapa  que las posibilidades de la combinación son mucho mayores. De esta manera hablamos de las personas intersexo, es decir, aquellas en las que la combinación de los tres factores mencionados no corresponde a lo que siempre hemos considerado hembra o macho.

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Sexualidad: Estaríamos hablando de cómo vive  su sexualidad cada persona, con quien la comparte y con quién no. De esta manera tendríamos personas heterosexuales (escogen parejas de sexo diferente), homosexuales (optan por parejas del mismo sexo), bisexuales (optan por parejas que pueden ser de diferentes sexos), asexuales (optan por no practicar sexo aunque pueden sentir deseo). En este asunto se da el debate de si las personas homosexuales lo son por convicción o desde el nacimiento…el debate está servido.

 

Género: Esta es una cuestión puramente cultural. A tenor de la esencialización de la que hablábamos en el artículo anterior, las sociedades han fijado una serie de comportamientos que se supone han de tener cada una de las personas atendiendo a su sexo pero reconociendo mayoritariamente el sexo binario, esto es, hembra o macho. Y aquí nos topamos con los problemas. Cada comunidad ha fijado una serie de preceptos sobre la masculinidad, sobre la feminidad  y sobre los intersexos. Desde que nacemos empieza un proceso de socialización que primero se da en el sí de la familia, después en la escuela y después en el grupo de iguales y que continuará toda la vida en el trabajo, el gimnasio, y allá donde vayamos. Estos agentes de socialización están marcados ideológicamente para generar miembros integrados, es decir, que cumplan las expectativas que las sociedades tienen sobre cada uno. De esta manera, si un bebé se define como hombre será vestido de color azul, se le referirán palabras como “ fuerte”, “ campeón”, “ inteligente” “ bruto”, etc desde el minuto uno después de nacer y se le regalaran juguetes que le motiven hacia la motricidad y que le den una idea de dureza, valentía y depredación ( películas de violencia, héroes llenos de músculos, muñecos guerreros o luchadores, armas de todo tipo, vídeo juegos de matanzas a lo grande, etc….

Si por el contrario nuestro bebé se define como mujer le hablaremos de “qué guapa es”, “que piel tan finita tiene”, “ que delicada” “ que buena es”, la vestiremos de color rosa o colores claros y suaves y le regalaremos juguetes que correspondan con esta imagen de servidumbre y cuidado como son muñecas de medidas imposibles, cocinitas y enseres que tengan que ver con lo doméstico en general. Cabe destacar que el 90% de los anuncios de juguetes “para niños” se representan al aire libre (el espacio público lo ocupan los niños) y “los destinados a niñas” se representan en espacios interiores, que será el espacio doméstico. Ya cuando lleguen al colegio, aparte de no encontrar referencias femeninas en los libros de texto, habitualmente el campo de fútbol ocupará el centro del patio y se generará de forma “normalizada” una división, la cual, es el espacio que debe ocupar cada parte (los niños en el centro y las niñas en los márgenes)

Es decir, a nuestra criatura, sin que ella lo pida, le estamos dejando bien claro qué es lo que tiene que hacer y decir para ser aceptada por la comunidad…y en eso las criaturas, por pura supervivencia, son maestras.

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Más tarde, la publicidad, las películas, el arte e incluso las ciencias se encargaran de reforzar estas informaciones reforzando la depredación y violencia en los niños, la sumisión y el cuidado en las niñas y la invisibilidad de todas aquellas personas que no se adapten a estas prescripciones presuntamente naturales pero que están construidas culturalmente, esencializadas y naturalizadas desde diferentes puntos de vista.

Las consecuencias no tardarán en llegar: las estadísticas que nos indican la cantidad de hombres jóvenes que mueren por tener conductas temerarias ya sea en la conducción o en las prácticas diarias son aterradoras. La cantidad de violencia ejercida en contra de las mujeres innombrable. El sufrimiento de aquellas personas que no se adaptan a la norma ya sea porque no corresponden a la definición binaria de los sexos, ya sea porque performan su sexualidad de modo diferente, ya sea porque no sienten el cuerpo que les ha tocado como propio, ya sea porque no se adaptan a los estereotipos fijados culturalmente, etc. será inconmensurable.

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Tenemos pues, que la definición de unos géneros impuestos como camisas de fuerza es un pozo de violencia, de despropósito. La buena noticia es que al ser una construcción puramente cultural, se puede cambiar…No quiero decir con ello que sea fácil. ¿Os acordáis que para nuestras abuelas era impensable entrar en un bar solas? Costó mucho entender que el espacio público es un derecho de todas las personas y que debe garantizar la seguridad de todo el mundo. Pero claro, pensemos por un segundo ¿Cómo es posible que aún exista la brecha salarial? (diferencia económica que perciben las mujeres respecto de los hombres a lo largo de su vida laboral) ¿La triple jornada? (que las mujeres tengan una vida laboral fuera de casa pero continúen ocupándose de las “cosas de casa” y los cuidados una media de 2 horas diarias más que sus compañeros y,  a parte, se les exija formación y tiempo de ocio), ¿La doble presencia? (estar en el trabajo pensando en la intendencia y las necesidades familiares y estar en casa pensando lo que falta en el trabajo, y estar en la piscina repasando la lista de la compra, o los horarios de las extraescolares de la familia, por ejemplo).

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Y de esta manera nos podríamos plantear miles de preguntas que no sólo competen a las mujeres. Seguro que cada una de las personas que lee este artículo se puede plantear preguntas de este tipo. La respuesta parece ridícula: es un invento cultural, pero las consecuencias horribles: violencia, personas infelices, enfermedades relacionadas con el estrés emocional, etc. y todo porque en algún momento se han construido unas categorizaciones que son camisas de fuerza y que sólo sirven para mantener un orden social que sólo benefician a quienes intentan mantener sus privilegios cis (su sexo, sexualidad y género corresponden con los prescritos como normales).

Debemos pensar, no obstante, que estas personas son una minoría muy minoritaria.

El cambio, no obstante, es cosa de todas las personas. Decía Audre Lorde que las herramientas del amo no sirven para destruir al amo. Hay que reinventar la realidad desde el respeto y el pensamiento crítico.

 

¿Nos leemos en el próximo artículo? Os propongo abordar la pregunta: ¿ Como se llega a maltratar?

Maite Ojer Blasi. Fotografia de Jaume Aragay