Último artículo sobre el origen del maltrato.

En los dos artículos anteriores hablábamos de cómo se llega a ser un maltratador.

Os propongo ahora algo más complicado: ¿Cómo se llega a ser una persona maltratada?

Como veis no hablo de mujer maltratada, pues llegados a este punto ya podemos entender que un maltratador no actúa exclusivamente en contra de las mujeres, aunque sí de forma mayoritaria. Un hombre socializado en una estructura patriarcal y androcéntrica descargará su ira en mujeres, infancia, personas con diversidad funcional, personas homosexuales, trans, etc. es decir, todas aquellas personas que performan su vida fuera de la imagen hetero – normativa.

Pero si hablábamos de la manera en que se ha sido socializado un maltratador, también es importante que hablemos de la forma en que se enseña a ser mujer u cualquier otro tipo de modelo que no sea el heterosexual, hombre, blanco, europeo, de clase media.

 

En los anteriores artículos decíamos que cuando una niña llega al mundo se le refieren adjetivos calificativos que tienen que ver con la delicadeza, la belleza, la sensibilidad… Y cuando es un niño quien nace se le socializa en la acción, la intrepidez, la fortaleza…

De esta manera las personas con sexo femenino serán catalogadas en una serie de comportamientos que responden a la idea de cuidados, sumisión, debilidad, necesidad de ayuda…

Recordemos que en un mundo androcéntrico, estos atributos masculinos son considerados los de mayor valor, la norma y medida de todas las cosas. Por tanto, todas las personas que no se puedan identificar en ese estereotipo serán la alteridad: “las otras”. Así, junto con las mujeres encontraremos a las personas con sexo masculino que no se identifiquen con el estereotipo antes indicado, o que no sientan que su cuerpo se corresponde con su género, o que sean diferentes, ya sea físicamente o psicológicamente, o que su orientación sexual sea homosexual,  pasan a ser “los otros”

 

ESTEREOTIPOS Y PREJUICIOS

Los atributos de la alteridad siempre son de debilidad, de imperfección, de pecado, de error. En una sociedad patriarcal, ya vemos, tenemos un ejército de personas al margen. Si acumulan alteridad, esto es, si suman diferencias, como ser mujer con diversidad funcional y homosexual, la cosa se complica exponencialmente y hablamos de la interseccionalidad. Dice Verona Stolken que calificamos para descalificar. No hay duda que desde una mirada patriarcal y androcéntrica calificamos como mujer, homosexual, diversidad funcional, transexual, etc. para descalificar y la idea de base se convierte en nena, marica o bollera, inválida, trábelo, etc.

 

Verena Stolcke. Dia mundial de la dona 2009

 

Estas connotaciones del lenguaje son fundamentales pues ya son violentas y autorizan para la catástrofe.

Por un lado, el hombre que se cree superior por ser heteronormativo, no va a tener ningún problema en considerar que tiene toda una serie de derechos, que en realidad son privilegios otorgados por un orden injusto. No menos importante es considerar que todas las personas al margen de este estereotipo van a considerarse a sí mismas inacabadas, faltas de tutela, débiles y sumisas, pues así han sido socializadas, a no ser que tengan la bendición de la rebelión. En todo caso, no nos engañemos, el castigo está asegurado.

Imagen de Tumisu en Pixabay

No hay un modelo de persona que pueda ser maltratada. Por desgracia esta situación la pueden sufrir personas de cualquier edad, estatus social, nivel de formación y origen, pero todas forman parte de la clase que vive en el margen, es decir, la mayoría de las personas del mundo.

Sí es cierto, no obstante, que existe todo un mecanismo social tácito que enseña a sufrir a aquellas personas no privilegiadas. Así durante mucho tiempo, y me atrevo a asegurar que aún ahora, las violencias de todo tipo dentro de la pareja se han considerado problemas de relación y se ha negado la protección que merecen las víctimas de esta situación.

Ya vemos que no es sencillo. Al final podemos decir que vivimos en una realidad estructurada piramidalmente y que en la base estamos las mujeres: con menos derechos de facto y que, no nos olvidemos, por debajo aún existen personas que están en el margen de la marginalidad y que su nivel de vulnerabilidad es astronómico.

https://yolisita16913.wordpress.com/

¿Es normal esta situación? Por desgracia la hemos naturalizado de tal manera que llegamos a creer que en el mundo tiene que haber personas que mandan y otras que obedecen; que hay quienes tienen que ser ricas y otras que tienen que ser pobres porque no son suficientemente inteligentes o capaces y toda una serie de despropósitos de esta índole. Lo cierto es que toda esta vergüenza obedece a un status quo concreto y a la voluntad de mantenerlo, un mundo basado en la individualidad y la depredación. Si ya sabemos que “divide y vencerás” está claro que la falta de una conciencia de lo común nos hace tan vulnerables que estamos en riesgo permanente y en indefensión ante el abuso.

Y estas ideas que pudieran parecer peregrinas son las que están en la base de las violencias: yo te abuso porque quiero ser superior y situarme más arriba de la pirámide que tú. Forjamos una identidad de fortaleza y depredación ¿Os suena de algo?

#12causasfeministas para un 2013 menos machista

No quiero acabar este artículo sin poner en evidencia e incluso denunciar la complicidad de las estructuras gubernamentales y judiciales en contra de las personas más vulnerables. Sentencias como las de la manada o la existencia de la brecha salarial, entre otras calamidades, nos informan de esta violencia por lo bajini, que las instituciones mantienen en contra de las personas no hombres, blancos, de clase media, etc. esto es, las que ostentan los privilegios que han depredado a otras personas y que ejercen impunemente e incluso son reforzados en positivo por su entorno.

 

Así que ya vemos que la cosa no es fácil, pero sí cambiable, pues todo es un montaje o constructo social y por tanto, cada día podemos renunciar a la utilización de la violencia en nuestra realidad.

 

Salud i una realidad libre de violencias.

Maite Ojer Blasi. Fotografia de Jaume Aragay